· Parque Nacional Cotopaxi ·

Una experiencia congelada en la memoria

El Parque Nacional Cotopaxi es sin duda un lugar para el recuerdo. A pesar de parecer estática, esta fría tierra es un paisaje vivo, como el volcán que le da nombre. Su última erupción, en agosto de 2015, había desdibujado el antiguo camino de ascensión, razón por la cual estrenamos junto a Emilio, nuestro guía, una ruta nueva que llevaba al refugio, a 4.864m. La presión en la cabeza y el frío creciente teñía esta peculiar inauguración de una épica inusual y emocionante, una corta pero sustanciosa subida que marcaba nuestro debut como alpinistas (¿o deberíamos decir andinistas?) amateurs, al tiempo que su cumbre nos observaba, inaccesible por su reciente erupción, a 5.897m.

Ya en el refugio, el chocolate caliente nos preparaba para el descenso. Sin saber lo que nos esperaba mirábamos por la ventana cómo la niebla se hacía más espesa. En el camino de vuelta pudimos ver en pocos minutos como el volcán que pisábamos cubría de blanco su roja piel y nos mostraba una nueva cara, advirtiéndonos del frío que nos esperaba en la noche.

A pesar de estar ya lejos de la nieve, el páramo andino nos recibía con viento y lluvia. Bajo un modesto techo y en compañía de Sheila y Majo, viajeras argentinas, buscábamos el milagro del fuego, ayudándonos de madera mojada y aceite de atún (un combustible sorprendentemente eficaz en madera seca...). Luego de unas horas y mucho humo, Prometeo nos bendijo y pudimos al fin abrazar el calor en nuestro tímido campamento.


La lluvia fue la orquesta de una noche larga. Con el primer brillo del alba abrimos los ojos para descubrir, como si nada hubiera ocurrido, un matutino y despejado Cotopaxi, que perezoso lanzaba sus aros de humo blanco. Así nos premiaba la naturaleza por aguantar sus inclemencias nocturnas. 

Menos conocido que su vecino Cotopaxi, el volcán Rumiñahui, que ascenderíamos esa misma mañana, presentaba una fisonomía totalmente distinta que exigiría de nosotros un mayor esfuerzo para llegar a su cima, a 4.712m, la primera cumbre de nuestra vida.

Guiados por Paula, hija de José, nuestro guía en el Cotopaxi, encaramos la dura subida desde la laguna de Limpiopungo hasta la cumbre del inactivo volcán, una ruta muy rica en fauna y flora, a diferencia de la realizada el día anterior. A lo largo de las cuatro horas de camino pasamos por distintos parajes: terrenos verdes al pie del volcán, que poco a poco se iban convirtiendo en suelos arenosos que engullían nuestras pisadas, para finalmente llegar a las enormes y afiladas rocas volcánicas que presiden la cumbre. Hay que reconocer que la subida se hizo mucho más llevadera gracias a las increíbles historias de alpinismo y supervivencia con las que nuestra guía amenizó todo el camino.

En el zenit de este intenso recorrido, la inhóspita cima del Rumiñahui nos regaló vistas de 360º del parque hasta que la niebla y la nieve marcaron la hora de salida. Y así empezamos el descenso, después de renovar energías y celebrar el triunfo andinista con un par de plátanos y unas galletas muy merecidas. La bajada fue rápida y fría, y terminó de congelar en la memoria esta experiencia maravillosa en el Parque Nacional Cotopaxi.

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