· Mindo ·

La gota fría

El cumpleaños de Sara había sido el viernes, y entre otros aspectos astrológicos importantes, coincidía con el Rosh Hashaná, el año nuevo según el calendario hebreo.

La celebración era, en efecto, una celebración de año nuevo, no sólo para Sara, sino también para nosotros, que cumplíamos nuestro primer mes fuera de Colombia y estábamos hasta ahora despidiéndonos de nuestros viejos días.

Arrancaba un nuevo año y un nuevo rumbo, y comenzaba con una celebración especial: además de un maravilloso asado bajo la lluvia, Sara se había pedido un par de días en el trabajo para volarse con nosotros a un paraíso llamado Mindo.

 

Estábamos, pues, en Mindo en la hermosa tarde del domingo 2 de octubre -día que sería para siempre recordado como “el día de la paz”- cuando me cayó la gota fría.

 

“Perdimos, amor. ¡Que dolor!”.

Con estas palabras escritas mi papá dejaba caer esa gota gorda, pesada y helada como sólo puede serlo la muerte de un sueño. El pueblo colombiano, votando en las urnas, había decidido amarrarse a una historia de muerte y de violencia, ligarse a un pasado adolorido que ha tejido con sangre nuestro presente. Las mismas fuerzas que enviaron a los campesinos liberales hacia el monte se aseguraban de que siguieran ahí.

 

Con el alma adolorida y los ojos hinchados, la semana comenzó intentando apartar de la mente y el cuerpo la dolorosa sensación de injusticia. Nada como la fuerza de la naturaleza para borrar los daños causados por el hombre.  El frondoso bosque húmedo de Mindo desplegaba su arsenal de fauna y flora para acabar con la sensación oscura que invadía mi cuerpo. Mi atención pasaba de la cabeza al camino. Ahora una piedra. Ahora un quinde. Ahora el sonido del agua serpenteante.

Tras una hora de caminata, en lo profundo del bosque y alejados ya del ruido infame de la realidad, la cascada “La esperanza” caía con fuerza como un espectáculo privado para nosotros, humildes espectadores de su incesante fluir. Mientras nos sumergíamos en sus heladas aguas, una certeza recorría ahora mi ser: si ayer cayó sobre mi esa gota gorda y fría, gota amarga del rencor y el miedo, que hoy me empape toda el agua, poderosa y fuerte, de La Esperanza.

 

Nada como un baño frío para abrir bien los ojos.

S.

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