· Otavalo ·

Inti Raymi: la fiesta del sol

Nos habíamos alejado de La plaza de los ponchos, atiborrada de turistas y artesanos. Siguiendo las vías del tren llegaba a nosotros, como un anzuelo en el aire, el ritmo jocoso que ahora nos guiaba entre las calles de Otavalo, alborotadas por las fiestas del Yamor .

 

-¿Qué música es ésta?

-Se llama Inti Raymi: la fiesta del sol.

 

El Inti Raymi fue, hace tiempo, la celebración del solsticio de invierno en el hemisferio sur. El nacimiento del sol, el wawa inti, marcaba el comienzo de un nuevo año; un nuevo ciclo para la concepción circular del tiempo que tenían los incas y otras culturas prehispánicas. A mediados del siglo XVI la fiesta fue prohibida, y celebrada clandestinamente como un acto de protesta. Hoy se utiliza este nombre para designar cualquier manifestación artística y cultural que rescate las tradiciones del imperio Inca y el folklor andino.

 

Nos alejamos de la puerta metálica que daba a la calle contentos con nuestra labor periodística, que se resumía en tan sólo un pedazo de papel rasgado con tres nombres escritos en él y la promesa profesada casi a gritos frente a un altavoz de que regresaríamos más tarde para oír a una banda local llamada Zaruny.

Yawar fiesta I · S.

La tarde llegó y parecíamos peces buscando moscas. Sin el sonido guiándonos, las calles que subían y bajaban hasta las vías del tren eran todas la misma, y la ilusión parecía escaparse con el sol. Pero las ciudades tienen su propia manera de llevar al viajero dispuesto a la aventura por sus rincones, y en medio de una conversación de tipo “¿qué hacemos ahora?” apareció así, como quien no quiere la cosa y al otro lado de un callejón cualquiera de Otavalo, la puerta metálica.

Sin saber que el mismísimo Cancerbero custodiaba el paso a nuestro tan anhelado tesoro, pasamos por un terreno baldío, entre los restos de carros abandonados y piezas metálicas oxidadas y deformadas por las sombras del sol que se escapaba. Una vez esquivada con gracia la furiosa bestia cruzamos con naturalidad fingida, y bajo la mirada extrañada de los asistentes, por la puerta donde ya no se encontraban las chicas que nos habían invitado.

 

Nos sumergimos entre una multitud de cabelleras negras y blusas bordadas e imitando a los comensales -unos cien asistentes que bebían y comían alegremente-buscamos pronto una cerveza y así, entre sorbos y al son de un violín alegre, sentimos la bienvenida que los anfitriones nos brindaron. La noche terminó entre bailes –un trencito humano que marcaba el ritmo a pequeños pasos-, conversaciones y dedicatorias cantadas al ritmo de Sabor a miel. 

S.

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