· Quito ·

Quito fue, por un momento, nuestro hogar. Sara, amiga del alma, no sólo nos dio la oportunidad de tener una cama y un techo en esta hermosa ciudad, sino que además compartió con nosotros a su amorosa familia. Recordamos con cariño los días que pasamos en su casa, y nos relamemos al pensar en las delicias que Isa preparó para nosotros cada día. Nunca faltó buena conversación, gestos amorosos y gustosas visitas que llenaron nuestra estadía de lindos eventos.

 

Siempre recordaremos Quito a través de las hermosas palabras de Bruno Moncayo, padre de Sara y poeta, que nos permitió ver la ciudad bajo el prisma de sus recuerdos y su historia. Creemos que no hay nadie mejor que él para retratar sus calles y sus lomas.

Acá un pequeño fragmento de su poema Panecillo:

 

Monte que adornas la ciudad vieja

Telar de fondo al paisaje de sueños,

Te cubre un poncho tejido de musgo

olores a chilcas más allá del tiempo.

 

Fuiste templo al Dios-Sol con una olla vernácula,

barrido por vientos; coronado de guirnaldas.

Lluvias por caudales de acequias

bosques de eucaliptos en laderas,

imagen a sementeras y jardines coloridos,

inundando recuerdos; trigales de oro puro.

 

Hoy luces humilde tu vestimenta de remiendos

zurcida con manchas púrpuras y ventisca.

Inmensos retazos de verdes kikuyos

pinos como púas rayando los cielos,

tardes arrulladas por telares de música

flautas de sigses al compás del viento.

 

Una virgen de plata con dos alas abiertas

vigilante desde tu cima sus plegarias reza.

Unos puntitos blancos adornan tus pliegues

granos de chocolate con bonetes de tejados,

en ariscas carreras ruedan monte abajo

y quedan ingrávidos al filo de quebradas.

Bruno Moncayo.

Virgen del Panecillo · M

· Cumpleaños de Sara ·

Uno de los acontecimientos más especiales que vivimos en esta hermosa ciudad, fue sin duda la celebración del cumpleaños de Sara. Un maravilloso asado bajo la lluvia donde familia y amigos compartieron buena comida, risas y un pastel de aniversario un tanto peligroso. Dicen que sin riesgo no hay felicidad.

· La Capilla del Hombre ·

Mi arte es una forma de oración,

al mismo tiempo que de grito...

y la más alta consecuencia del amor y la soledad.

O. Guayasamín.

 

Hay quien dice que La capilla del Hombre fue construida para salvaguardar el inmenso ego de su creador, Oswaldo Guayasamín.

 

¿Cómo es posible que haya iglesias para dioses que no sabemos si existieron o no, para santos que no sabemos si fueron santos o no, y para el verdadero hombre, que forjó este continente desde hace miles de años hasta nuestra época, no exista un espacio de meditación?

 

La capilla del hombre se crea como una respuesta del artista a esta pregunta que él mismo se planteó. La gigantesca construcción se levanta, rodeada de un hermoso espacio verde, encima de los tejados quiteños que tanto inspiraron al artista. Al entrar -como cuando se entra en un templo, o tal vez como cuando se entra en una biblioteca- se siente el paso a un espacio sagrado. 

Una cúpula, como en tantas construcciones religiosas, se yergue en el centro, dejando entrar un chorro de luz a través de una claraboya. El domo sobre el cual se estructura este inusual templo no representa la bóveda celeste. En su lugar se pueden ver las pinceladas de un homenaje incompleto a los trabajadores de las minas de Potosí, haciendo referencia a esta herida profunda que tiene nuestra América, la llaga que se llamó hace mucho tiempo  el Cerro Rico, y que le dejó a Bolivia Una montaña hueca, una incontable cantidad de indios asesinados por extenuación y unos cuantos palacios habitados por fantasmas (E. Galeano, Las venas abiertas de América Latina).

 

La capilla estaba pensada para ser la obra final de Guayasamín, ya que recoge la mayor parte de su obra y se estructura como una galería que articula el discurso del artista a través de las distintas etapas de su pintura: Huacayñan o El camino del llanto, La edad de la ira y La edad de la ternura. Además hay otras pinturas y murales que, sin pertenecer a estas “edades” profundizan temas e inquietudes relevantes para el artista. Las búsquedas que plantea dan cuenta de momentos y fenómenos sociales que han dejado cicatrices en la geografía y la historia, no sólo de América del Sur, sino de todo el mundo. Lastimosamente Guayasamín murió antes de poder terminar ésta y algunas pocas obras más que estructuran el inusual monumento a la humanidad, monumento que a la vez denuncia y eleva las acciones humanas, y plantea la responsabilidad del espectador en la construcción del discurso que se entabla con una realidad injusta y desgarradora.

 

El recorrido por la capilla del hombre es un recorrido por la propia vida del artista, así como un recorrido por el mundo y su historia.

 

La primera etapa, Huacayñán, nace de un viaje iniciático del pintor por América del Sur. Tal vez sea este nombre intraducible el perfecto para esta colección de 103 cuadros realizados entre 1946 y 1952, que retratan a los pueblos indígenas, mestizos y negros de nuestra América. Como lo explica el artista, Huacayñán es una palabra quechua que señala los ojos que comienzan a humedecerse, antes de que salga el llanto, y la imposibilidad de llorar cuando se lava el cuerpo de lagrimas y quedan los ojos secos (Guayasamín). Tal vez sean estos cuadros, escenas cotidianas del pueblo suramericano,  un llanto contenido ante una realidad dolorosa y vieja que recorre la historia de los pueblos originarios y esclavos y su mestizaje, y las guerras pasadas que forjaron este continente.

Este llanto contenido se convierte en grito cuando el artista encara el retrato de las grandes guerras y atrocidades del siglo XX. Entonces ya no aparece el camino del llanto, sino el llanto vivo, el dolor puro, la desesperación y el terror.  En el óleo Lágrimas de sangre el pintor llora con pintura a los muertos de la dictadura chilena, Salvador Allende, Victor Jara y Pablo Neruda. Sólo se ven unos ojos desconsolados, y unas manos que cubren la cara larga de quien llora o quien se muerde la lengua por no ser capaz de contar algo monstruoso que pasa frente a su mirada atónita y desencajada. Aparecen Ríos de sangre, Cabeza de Napalm y el llanto de mujeres y niñas retratado incontablemente. Aparece Playa Girón y la espera del pueblo judío ante las cámaras de gas. En estos 150 cuadros se puede ver más a los testigos de las tragedias, con caras descompuestas y expresiones desgarradoras, que las tragedias mismas, como si tal vez hubiera cosas que no se pueden retratar, como si tal vez la única manera de contemplar el horror fuera a través de la expresión trastornada de aquél que ha visto lo que no puede ser contado. Cuadros fragmentados, figuras por partes, discursos rotos y mutilados. El sufrimiento, la injusticia y el dolor aparecen entonces como hilo común en la historia del hombre. La propia capacidad del ser humano de herir y destruir a sus semejantes y una violencia que aparece igualadora en la oscura historia de la humanidad son el eje de esta dura colección, donde el artista afianza, además, su estilo y su discurso.

Ante este camino de oscuridad y terror, de llanto y alarido, la Edad de la Ternura sea tal vez una forma de reconciliarse encontrando otro hilo común a la humanidad. Un abrazo que calme tanto dolor; un abrazo capaz de sostener todas las angustias del ser humano: el abrazo de la madre.  El artista parece buscar en estas escenas de ternura simple un consuelo, y tal vez quiera dar a esas caras llenas de angustia un sosiego, un momento de paz. Tal vez sea un llamado al amor como única salida posible en esta historia de muerte y dolor.

 

Si no tenemos la fuerza de estrechar nuestras manos con las manos de todos, si no tenemos la ternura de tomar en nuestros brazos a los niños del mundo, si no tenemos la voluntad de limpiar la tierra de todos los ejércitos; este pequeño planeta será un cuerpo seco y oscuro. (Guayasamín)

 

Sin duda se debe tener un ego muy grande para revivir y retratar el sufrimiento de la humanidad, los sin sentidos del mundo, y convertirlos en color y pincelada. Se ha de tener un ego grande para sentir y soportar el dolor y transmutarlo en oración, llegar a la ternura y entregarse a los dulces mimos de una madre que ya no está. Se ha de tener un ego muy grande para transformar la realidad en pintura. Y vivir de ello.

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